Hemos evolucionado rodeados e impregnados de campos electromagnéticos (CEM). Nuestro propio cuerpo es un enjambre de señales electromagnéticas.

El organismo tiene 2 sistemas de comunicación: unos es de base química (sistema endocrino), y el otro eléctrico (sistema nervioso). En el segundo caso, las señales eléctricas, que se distribuyen a través de las células neuronales son las que miden los electrocardiogramas o los encefalogramas. Así pues, somos seres bioquímicos, pero también de naturaleza electromagnética, ya que las cargas eléctricas en movimiento constituyen el magnetismo, y estamos influidos, como un imán, por las energías electromagnéticas y de radiación procedentes de la Tierra, el Sol y los planetas.

Dependemos de ellas para nuestra salud física y mental. Pero nuestro propio progreso nos ha llevado de una relación sana y beneficiosa con las energías naturales de nuestro entorno, a una sobreexposición , a una contaminación electromagnética provocada por la gran cantidad de objetos inherentes a dicho progreso, que nos rodean y que la emiten.

Cuando se estudian los efectos biológicos del CEM, se diferencian 2 campos de frecuencia:

Ionizantes: transmiten energía suficiente como para romper los enlaces químicos de las células, produciendo daños de diferente intensidad en el material genético de la célula, el ADN. Están presentes en los rayos gamma, en los rayos X y en las radiaciones ultravioleta de alta frecuencia. Los dos primeros, aunque peligrosos bien manejados aportan muchos beneficios en la medicina y la industria.

No ionizantes: el resto de los CEM son demasiado débiles para producir daño a las moléculas que forman nuestras células.

Los CEM, en función de su frecuencia, se clasifican en campos eléctricos y magnéticos de baja frecuencia (<300 Hz), que se generan alrededor de cualquier equipo eléctrico que esté funcionando, así como en la red de abastecimiento eléctrico; de frecuencia intermedia como las pantallas del ordenador, los sistemas antirrobo y de seguridad; y los campos eléctricos y magnéticos de frecuencia más alta (los generados por las líneas de alta tensión) así como las radiofrecuencias: radio, TV, antenas de telefonía móvil, teléfonos móviles e inalámbricos, hornos microondas y antenas de radares. En los últimos 20 años se han realizado numerosos estudios sobre los posibles efectos sobre la salud de los CEM, y aunque los resultados han sido controvertidos y poco concluyentes, existen indicios suficientes para sugerir que todos los organismos reaccionan incluso ante los débiles estímulos electromagnéticos de baja frecuencia, y cada vez hay más personas preocupadas por las consecuencias de la exposición constante a ellos a que nos vemos sometidos. En cualquier caso, la sensibilidad a la exposición a los CEM varía de una persona a otra, siendo los niños y adolescentes los más afectados, así como los ancianos y las personas con déficit inmune. Algunas sencillas indicaciones pueden ayudar a protegernos de ellos, al menos cuando dormimos, que es cuando nuestro cuerpo es más vulnerable. El dormitorio ha de estar lo más alejado posible de cables de alto voltaje, pero él mismo puede ser también fuente de radiación, emanada de la instalación eléctrica, el despertador, las luces colocadas al lado de la cama y los enchufes. El hierro y el acero de los somieres, los colchones de muelles, radiadores y conducciones de agua, pueden imantarse y perturbar el campo magnético natural de la Tierra, causando dificultad del sueño, dolores de cabeza y otras alteraciones. Esto se comprueba fácilmente pasando lentamente una buena brújula por encima de la cama: si se desvía del norte, es muy posible que los muelles estén imantados. Sería aconsejable apartar en lo posible la cama de fuentes de CEM, sustituir el somier y el colchón por una estructura de madera y un colchón de fibras naturales, como los futones. Alinear la cama con el campo magnético terrestre, colocándola si es posible en dirección Norte-Sur. Durante la noche, cortar la corriente eléctrica que va hacia el dormitorio mediante un interruptor automático. Utilizar radios y despertadores a pilas y no usar mantas eléctricas. Algo más difícil de conseguir, aunque también aconsejable, sería situar los enchufes que suele haber a ambos lados de la cama, al menos a 1m. de ésta. Son sólo algunas pequeñas cosas que podemos realizar, para que la relación con nuestra casa sea cada vez más sana y natural.